Todos guardamos en el fondo ese ser arriesgado, que no le teme a nada ni a nadie. Que es capaz de emprender, entablar conversaciones con personas desconocidas, que no piensan dos veces cuando les toca arriesgarse, y es que nada en esta vida está predeterminado.
Me agrada la gente que no le teme a arriesgarse a hacer el ridículo, a reirse fuerte y por todo, que les sobran los motivos y no las excusas.
¿Quién sabe? si dejásemos de hacer del dinero un fín y le dieramos el lugar que se merece no existiría la codicia, seríamos más co-responsables y todos como sociedad entrariamos a un estado de felicidad colectivo, pero ¿cómo hacer entender que la fama, lujo y dinero no son el camino? Matarse por obtener billetes tampoco lo es; El camino podría ser cualquier otro que no implique regalar nuestro tiempo representado en ganancias para alguien igual que uno pero que no lo valora.

El camino y el tiempo que uno invierte a un fín no debería ser regalado, sino invertido. Invertido en pasar más tiempo con la familia, en disfrutar de los viajes, conocer otras culturas. Invertido en hacer felices a los demás, ayudar cuando dependa y esté en la decisión de uno ayudar, disfrutar los detalles que nos ofrece el estar vivos, buscando soluciones en vez de problemas, amando en vez de odiando; Invertir nuestro tiempo en cosas que nos sumen y evitar aquello que nos resta.
Los seres humanos somos imperfectos y deberíamos disfrutar siéndolo, pero creernos dioses y querer hacer de la moral la vara con la que medimos la calidad de una persona es otra cosa que debemos evitar.