El día de hoy fui a un barrio llamado Quiba en la localidad de ciudad Bolívar. El motivo por el que fuí es que junto con unos compañeros de la carrera (ingeniería de telecomunicaciones) ayudamos a instalar linux en unos computadores que donaron a un colegio de preescolar y primaria de ahí de Quiba.
Donde estuvimos es un sitio muy muy lejano; no hay electricidad, ni señal de teléfono celular, el agua llega por temporadas y hay muchos más niños de lo que la infraestructura puede albergar. Desde que uno llega es evidente lo precaria que es la situación de esa comunidad.
A pesar de todo, ellos son muy alegres y optimistas, como si no sintieran vergüenza ni lástima de sí mismos por su condición, sencillamente porque no son conscientes de lo mal que están.

Mi intención con este escrito no es resaltar lo mal de la situación que ellos viven, porque su alegría y entusiasmo me llegó al corazón, pero si quiero hacer una reflexión acerca de la pobreza.
Es una injusticia que a los pobres se les condene por no ser educados, por no tener el mismo nivel de ingreso que la clase media y alta, por ser más violentos o ser ladrones, pero nadie se pregunta si los pobres reciben educación o si el gobierno les garantiza oportunidades para tener una vida más digna.
Ponerse en los zapatos del otro es un ejercicio difícil, y más cuando nunca se ha salido de la zona de confort para atreverse a ver otras realidades, como la de ciudad Bolívar o Cazucá, o la de La guajira o el Choco, zonas que de una y otra manera la misma sociedad se ha encargado de ir marginando por no crecer al ritmo que la gente acomodada si lo hace.
Recuerdo una vez hace 3 años ya, fuí a una fundación en Cazucá para niños de bajos recursos. Los niños que habían eran de entre 4 a 16 años mas o menos, estuvimos compartiendo con ellos un sábado en la tarde con ponqué, música, globos y payasos; Mis amigos en esa época y yo pudimos entablar conexión con ellos e indagar acerca de sus vidas y familias; Muchos son hijos de prostitutas, de ampones e incluso paramilitares, de hecho le pregunté a varios que qué quieren ser cuando grandes, uno por lo general espera que respondan cosas como policía, bombero, enfermera, médico, etc. Pero para sorpresa de todos respondían cosas como “yo quiero ser cosquillero de transmilenio”, “yo quiero ser puta”, “yo quiero ser paramilitar, para defender a mi país”.
Haber escuchar a niños que tengan ese tipo de aspiraciones es algo que me sigue escandalizando, porque me da a entender que hay toda una generación de personas que han normalizado la violencia y las cosas más denigrantes, aunque en realidad lo que más me escandaliza y me indigna es que la misma sociedad permite que todo eso suceda, que todo eso sea normal.
Las palabras de Jaime Garzón suenan más fuerte cuando uno ve de frente la cruda realidad: “La gente se escandaliza cuando uno dice hijueputa en público pero nadie se escandaliza cuando ven a un niño pedir comida en la calle”.